La maldicion de Béla Guttmann


Cuando un grupo de antiguos alumnos de la Real Casa Pía de Lisboa se dispuso a fundar un equipo de football allá por 1904, pocos se podían imaginar la leyenda que estaban a punto de iniciar. Los colores por los que se decantaron, el rojo y el blanco. Como emblema, un águila, símbolo de libertad y majestuosidad.

Joaquim Bogalho llegó en los 50 a la presidencia del Benfica con la firme intención de convertirlo en el mejor equipo de fútbol de Portugal. Sus vecinos blanquiverdes campaban a sus anchas por Portugal con una superioridad aplastante. Bogalho se propuso cambiar esa tendencia.

Puso sus miras en las colonias para reclutar futbolistas. En Mozambique encontró lo que buscaba. Entre ellos algunos nombres que pasarían a la historia: Costa Pereira, infranqueable guardameta, siempre a la sombra de aquel ruso mítico, Yashin, la “Araña negra” le llamaban; Arnaldo y sobre todo Coluna, el alma del equipo y el director de la orquesta “encarnada”. Eran rápidos, fuertes y dotados de una gran técnica.

El siguiente paso era localizar al entrenador ideal para tamaña empresa. Bogalho puso al frente de las riendas a un brasileño con fama de serio, trabajador y sobre todo amante del buen juego, Otto Gloria.

Al mismo tiempo que construía un gran equipo se embarco en la tarea de modernizar y profesionalizar las estructuras de un club que debía renovarse para dar el gran salto.

En 1954 el Benfica se traslada a la que será su casa, el Estadio da Luz. Esa misma temporada, con el nuevo estadio por talismán, el Benfica puso fin a cuatro años de dominio del Sporting en el campeonato nacional y sólo tres cursos después se clasificarían por primera vez para disputar la Copa de Europa. Una amalgama de ingredientes iban tomando cuerpo, algo grande rondaba el aire de Lisboa, “el glorioso” estaba a punto de formar parte de la historia.

De tierras mozambiqueñas llegó la guinda del pastel rojillo: Eusebio Da Siva Ferreira, “la pantera negra”, “la perla mozambiqueña”. En Maputo, su ciudad de origen, había deslumbrado a propios y extraños desde los 15 años. No se hablaba de otra cosa por las calles de la populosa capital africana. Los hinchas del Laurenço Marques sencillamente lo adoraban. Los responsables técnicos del Benfica pusieron sus ojos en él y lo llevaron a Lisboa con tan solo 18 añitos. Un año después, ya formaba parte del primer equipo.

Con Eusebio el equipo ganó enteros. Ya estaban preparados para hacer historia. Ya estaban preparados para plantarle cara al Real Madrid de Di Estefano y compañía, el Real Madrid de las 5 Copas de Europa, el equipo que dominaba el balompié continental.

Comienza la década de los 60 y las cosas van a cambiar. Ese grupo de mozambiqueños va a dar un vuelco a la historia. El destino estaba escrito, “el glorioso” asalta Europa y ya nadie lo puede parar.

Un húngaro tendrá la responsabilidad de conducir las huestes del Benfica, Béla Guttmann. A este húngaro, de origen judío, le gustaba el fútbol de ataque. En su haber ser uno de los responsables de la creación del famoso 4-2-4, junto a sus compatriotas Márton Bukovi y Gusztáv Sebes.

La maquinaria de los “encarnados” estaba presta para comenzar su década de oro. Ganaron las ligas en el 60 y en el 61. En este último año, además, jugaron su primera final de la máxima competición europea.

En las semifinales habían dejado en el camino al Rapid de Viena austriaco. En la ida vencieron por 3 a 0, la vuelta fue un mero trámite. En la final esperaba el F. C. Barcelona.

Por el Benfica jugaron: Costa Pereira – Joao, Germano, Angelo – Neto, Cruz – Augusto, Santana, Aguas, Coluna, Cavem. El Barcelona de Orizoala saltó al campo con Ramallets – Foncho, Gensana, Gracia – Verges, Garay – Kubala, Kocsis, Evaristo, Suarez, Czibor.

Kocsis adelantó a los españoles a los 20 minutos del encuentro. El Benfica en tan solo 12 minutos le dio la vuelta al marcador gracias al tanto de Aguas y al infortunio de Ramallets que se marcó en propia meta.

A los 10 minutos de la segunda mitad Coluna hizo el 3 a 1 y encarrilaba la final en favor de los “encarnados”. A 15 minutos del final Czibor recortó distancias, pero la suerte estaba del lado portugués y por más que lo intentará el F.C. Barcelona, la primera Copa de Europa viajaba a tierras lusas. Bogalho lo había logrado, el Benfica era campeón.

Al año siguiente repitió gesta y volvió a disputar la final de la Copa de Europa. El rival inmejorable. Enfrente el sin par Real Madrid de Di Estefano, Gento, Del Sol y Puskas. El Real quería recuperar el cetro que le fue arrebatado el año anterior.

El Real Madrid entrenado por el gran Miguel Muñoz formó en aquella final con Araquistain – Cassado, Santamaria, Miera – Felo, Pachin – Tejada, Del Sol, Di Stefano, Puskas, Gento. El Benfica con C. Pereira – Joao, Germano, Angelo – Cavem, Cruz – J.Augusto, Aguas, Coluna, Simoes y como no con Eusebio.

El partido no iba a ser nada fácil. El Real Madrid salió dispuesto a ganar por la vía rápida. En el minuto 23 ya ganaba por 2 a 0. Dos certeros disparos del cañonero Puskas ponían en franquicia a los españoles. Pero este Benfica no estaba dispuesto a rendirse tan fácilmente. En 10 minutos trepidantes igualaron la contienda con dos goles de Aguas, siempre acertado en las finales, y Cavem. Puskas estaba en racha y al poco puso nuevamente por delante a los blancos. Con ese resultado se llegó al descanso.

El Benfica salió del vestuario con el convencimiento de que ganar era posible. La leyenda se gesta con acciones como la que estaban a punto de acometer los lisboetas. Coluna puso el empate en el marcador en el minuto 55. Lo que vino después fue una exhibición de aquel chico que llegó de África para cambiar el rumbo del fútbol portugués. Eusebio hizo dos goles en tan solo 3 minutos y sentenció el partido, la final y al Real Madrid. “El glorioso” engordaba su leyenda.

Nada parecía poder detener al Benfica. En poco más de una década se había convertido en referencia europea. Pero todas las historias tienen sus luces y sus sombras y la sombra que estaba a punto de aparecer iba a cubrir los cielos “encarnados” por mucho tiempo.

Ahíto de éxito, Béla Guttmann, pidió un aumento de sueldo. Consideraba que se lo merecía después de todos los triunfos cosechados. Bogalho desatendió los deseos del húngaro. La situación entre ambos se hizo insostenible y Guttmann fue cesado como entrenador del Benfica.

El viejo mister pronunció antes de marcharse unas palabras que aún resuenan en los oídos de todos los aficionados del Benfica: “En los próximos 100 años, el Benfica no volverá a ser campeón europeo”.

Al principio se tomó como la pataleta del rechazado, pero no sospechaban que estaba naciendo una maldición, la maldición de Béla Guttmann.

El Benfica no ha vuelto a ganar una Copa de Europa a pesar de haber jugado hasta cinco finales más. Aquella generación de futbolistas de los 60 volvió disputó tres finales, ninguna lograron ganar.

En el 63 juegan su tercera final consecutiva. Todo parecía sonreírles. Nadie tiene en cuenta aún las palabras de Guttmann. El rival uno de los emergentes clubes italianos, el A.C. Milan. El Benfica entrenado por Riera, jugó con su equipo de gala: Costa Pereira – Cavem, Cruz, Humberto, Raul – Coluna, Santana – Augusto, Torres, Eusebio, Simoes. El Milan formó con Ghezzi – David, Maldini, Trebbi – Benitez, Trapattoni – Pivatelli, Sani, Altafini, Rivera, Mora.

En un partido intenso Eusebio adelantó a los rojillos, pero Altafini con dos tantos puso en ventaja a los italianos. El sueño de reinar por tercer año consecutivo en Europa se esfumó. El Milan lograba el primer entorchado para los italianos.

Dos años después el Benfica se metía en otra final. Esta vez el rival era otro italiano, el Internazionale, el campeón del año anterior. El Inter de Helenio Herrera jugó con Sarti – Burgnich, Guarneri, Facchetti – Bedin, Picchi – Jair, Mazzola, Peiro, Suarez, Corso. El Benfica de Schwartz con Costa Pereira – Cavem, Cruz, Germano, Raul – Neto, Coluna – Augusto, Eusebio, Torres, Simoes.

El fútbol control de los italianos se impuso y un solitario gol de Jair cuando la primera parte estaba agonizando sirvió al fin y a la postre para que el trofeo fuera a las vitrinas del Internazionale.

La temporada 67/68 le dio la última oportunidad a los Eusebio, Coluna y compañía. El dominio del balompié continental había pasado a manos de los británicos. El Manchester United esperaba. Dos años antes Eusebio tuvo en sus botas arrebatarles el mundial de fútbol a los ingleses en su propia casa, no pudo ser. La revancha estaba servida.

Los ingleses comandados por Busby formaron con Stepney – Brennan, Stiles, Foulkes, Dunne – Crerand, Charlton, Sadler – Best, Kidd, Aston. El Benfica nuevamente dirigido por Otto Gloira, otrora promotor del gran Benfica, con Henrique – Adolfo, Humberto, Jacinto, Cruz – Graca, Coluna, Augusto – Eusebio, Torres, Simoes.

Fue la despedida de una generación irrepetible de jugadores. La final, un paseo para los ingleses que barrieron a los portugueses por 4 goles a 1.

La maldición de Guttmann se cumplía. Ya a finales de los 80 las esperanzas de que “el glorioso” volviera a campeonar reaparecían con fuerza.

Una nueva generación de aficionados esperaba reverdecer viejos laureles. Para ellos aquello de la maldición se perdía en el pasado. Eran cuentos de padres y abuelos, supersticiones sin sentido.

Con la idea de tiempos nuevos se trasladaron infinidad de seguidores a la final. El rival parecía propicio, el PSV de Eindoven, que había dejado fuera a un viejo conocido de la generación de los 60, el Real Madrid.

Por el PSV jugaron, Hans van Breukelen, Eric Gerets, Ivan Nielsen, Ronald Koeman, Jan Heintze, Berry van Aerle, Gerald Vanenburg, Edward Linskens, Søren Lerby, Wim Kieft, Hans Gillhaus. Al frente Guus Hiddink. Por el Benfica de Oliveira: Silvino Louro, António Veloso, Carlos Mozer, Álvaro Magalhães, Elzo Coelho, António Pacheco, Shéu, Chiquinho Carlos, Mats Magnusson y Rui Águas.

El partido terminó empatado a cero. La tanda de penaltis decidiría el ganador. La sombra de aquel húngaro apareció de nuevo cuando Antonio Veloso ponía el balón en el punto fatídico, fallo, el Benfica volvía a casa sin su copa, volvía a perder otra final.

El destino puso ante ellos otra oportunidad dos años después. En 1990 llegaba brillantemente a otra final. El Milan de Sacchi, el Milan de los holandeses, esperaba en la final.

La historia se repetía, el equipo que le arrebató la final del 63 volvía a estar enfrente. Con ellos empezó la maldición y tal vez con ellos se pondría fin a la misma. Nada más lejos de la realidad.

Aquel gran Milan formó con Giovanni Galli, Mauro Tassotti, Alessandro Costacurta, Franco Baresi, Paolo Maldini, Angelo Colombo, Frank Rijkaard, Carlo Ancelotti, Alberigo Evani, Ruud Gullit y el capo cannonieri Marco van Basten. Por el Benfica: Silvino Louro, José Carlos, Aldair, Ricardo Gomes, Samuel Quina, Vítor Paneira, Valdo Filho, Jonas Thern, Mats Magnusson, Hernâni Neves y António Pacheco. Al frente Sven-Göran Eriksson.

Un solitario gol de Frank Rijkaard decidió el partido. La maldición continuaba. Aquella noche de Viena vio por última vez al Benfica, al “glorioso” Benfica, en una final de la Copa de Europa. Béla Guttmann pronunció las palabras y el tiempo le ha dado la razón por ahora. En el peor de los casos sólo faltan 53 años para que se levante la maldición que pesa como una losa en los corazones de todos los seguidores del Benfica. 53 años para que el águila encarnada vuelva a surcar triunfante los cielos europeos.

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3 comentarios so far »

  1. 1

    [...] el partido, Guttmann abandonó el club y dejó una frase que todavía resuena en los benfiquistas: “En los próximos 100 años, el Benfica no volverá [...]

  2. 2

    mefistofeles08 said,

    Es cierto, no lo he comentado porque los palos del Benfica no los cuentan las crónicas cules Xd. De todas formas gracias por la aportación.

  3. 3

    ale87xerez said,

    En aquella final del 61 fue conocida como la final de los palos, porque el FC Barcelona tiró hasta en 4 ocacsiones a los postes, que a partir de ahí pasaron a ser redondos, en vez de cuadrados.


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