¡Corre Atalanta, corre!


Bienvenidos señor@s manzaneros. Tengan el gusto de leer mi primera entrada, la cual se va a desviar un poco de los cánones establecidos hasta ahora. Llama poderosamente la atención que en este gran blog no aparezca ninguna entrada sobre la presencia de la cultura en el deporte, concretamente en el mundo del fútbol. La influencia de la cultura sobre la heráldica futbolística, los escudos de los equipos y sus vestimentas, ha sido y es enorme. Así pues y aprovechando que es domingo (día del fútbol por excelencia), viajaremos a Bérgamo para conocer una curiosa historia griega.

Siempre he sido un apasionado de la Liga Italiana de fútbol. Quizás por los disgustos que me daba (y sigue dando) el Betis, tenía que buscarme nuevas ilusiones. Así que me centré en el calcio. Un buen día, aprovechándome de la caridad de mi tío (tenía ese tesoro llamado Digital +), acudí a su casa a presenciar un Roma-Atalanta. Seguramente fruto de mi inexperiencia y juventud por entonces, algo me resultó extraño. No era otra cosa que el nombre del equipo visitante. ¿Por qué el Atalanta si provenía de la ciudad de Bérgamo recibía ese nombre? El caso era un pelín raro para una liga en la que la mayoría de los equipos acostumbran a adoptar el nombre de su ciudad natal. Lo peor de todo es que desconocía que detrás de dicha nomenclatura se escondía una fascinante historia sobre mitología griega.

Bérgamo, en pleno corazón de la Lombardía Italiana, se sitúa a 50 kilómetros de Milán. El nombre del club de la ciudad, el Atalanta, está fuertemente vinculado a la diosa griega de nombre homónimo. Aunque los orígenes de la heroína griega no están del todo claros, lo que sí parece seguro es que su condición femenina la convirtió en una hija no deseada. Apesadumbrado por el nacimiento de Atalanta, su padre, que esperaba ansioso un varón, decidió abandonar a su hija en el monte, dejándola completamente a su suerte.

La fortuna sonrió a Atalanta cuando Artemisa, diosa griega de la caza, envió a una osa para cuidar y criar a la joven abandonada. Este hecho provocó que la heroína consagrara su existencia a la de la diosa Artemisa, decidiendo salvaguardar su virginidad y no aceptar matrimonio de ningún pretendiente. Atalanta creció y se convirtió en una inigualable atleta y una experta cazadora. Tan segura estaba de sus capacidades atléticas que prometió, despreciando los intentos de su padre por recuperarla y ofrecerla un esposo, casarse con aquel hombre que consiguiera vencerla en una carrera.

Tras muchos intentos infructuosos en los que todos sus pretendientes acabaron derrotados y muriendo atravesados por la lanza de Atalanta, sólo Hipómenes, nieto de Poseidón, consiguió derrotar a la heroína, empleando, eso sí, una argucia que fue la causante de la debilidad de nuestra protagonista. Aconsejado por Afrodita, diosa de la Belleza, Hipómenes consiguió distraer a Atalanta en su carrera, arrojando a su paso unas vistosas manzanas de oro que la diosa la había proporcionado, ante cuya belleza no pudo reprimirse Atalanta, deteniéndose a recogerlas y perdiendo así la competición, lo que le llevó a desposarse con Hipómenes.

Atalanta, la heroína que plantó cara a la sociedad griega, se convirtió en un símbolo de la lucha de la mujer, de la búsqueda de su singularidad y su independencia, precursora del actual feminismo.

Tras una historia así se esconde la identidad del Atalanta, en cuyo escudo también se representa el perfil de la bella heroína griega. Curiosamente, los aficionados del Atalanta suelen referirse a su equipo como La Dea (La Diosa).

4 comentarios so far »

  1. 1

    José Luis said,

    Es usted un catedrático con comillas. Siga así y esta página empezará a convertirse en referente cultural de la red.

  2. 2

    ale87xerez said,

    Mis felicitaciones por la historia. Lo de las manzanas me ha tocado el corazón xDD

  3. 3

    tonylovsky said,

    Solo puedo decir que no se puede empezar con mejor pie. Maravillosa entrada. Y bienvenido a Las Manzanas Dulces

  4. 4

    nekameka said,

    Bella historia.
    Las manzanas… Atalanta no supo soportar ver las manzanas dulces… Oh ven a mi fruta dorada, panacea de todos los males, yo también sucumbiría ante ti.


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