Calles pintadas


Noche de excesos a lo Sabina. Me despierto con resaca sobre las 11:00 AM (o el despertador me gana la batalla), y me calzo los zapatos al revés, me atavío pantalones manchados de qué sé yo y meto la cámara y el paquete de tabaco en el bolso marrón, el de cuero.
Consigo descender las escaleras del piso con la bicicleta a cuestas, me encasqueto los auriculares y bajo el volumen de la canción nº 4 de los Grandes Éxitos de Mercedes Sosa. Me resiente el ron, el tequila y las estupideces de la madrugada.
Cuando te proponen (exigen) un trabajo para afrontar las calificaciones de final de curso te planteas por una parte si el terreno artístico puede suplantar las bases técnicas y por otra, si realmente no se trata de buscarle algo positivo a tanta rutina académica. Suelo pasarme horas buscándole algún fin creativo a cada uno de los trabajos que el profesorado no duda en encargarnos, pero en esta ocasión la creatividad vino sola. Tal vez no deba hablar de arte, sin embargo (perdóneme la ostentación) esta vez mis archivos words de la carpeta “UNIVERSIDAD” se engalanaron de pintores, escultores y marchantes, y eso, además de una sonrisa, es puro arte.
Cada mañana de domingo, cuando el tiempo acompaña y las campanas de las iglesias circundantes tocan las 9, una placita de especial renombre de la ciudad de Sevilla se viste de colores, atriles y pinceles. Dónde sino. La Plaza del Museo era mucho antes lugar de reunión de artistas, desde antes que se creara una asociación para la compraventa de obras, antes de que se concibiera la creación de un Museo de Bellas Artes en 1839 e incluso antes de la construcción del Convento de las Mercedes (1602) donde posteriormente se recogieron las obras más barrocas y emblemáticas de nuestros artistas. Allí se ha ido moviendo una actividad cultural que hasta hace diez años no se ha visto regulada. Ahora los distintos autores muestran sus obras en la calle, apoyadas en bancos, árboles, en el propio suelo o en posters del inmueble urbano, eso no es importante; es el contacto entre la calle, la gente, las pinceladas y el trato entre mecenas, amantes de las musas y los curiosos.
Mis fotos se plasmaron de vida, una vida bohemia de los mejores años parisinos pero sin burdeles ni prostitutas, nada de Paris, al fin y al cabo. Es una Sevilla rebosante de creación y de mercado, que si bien lo romántico del arte no se encuentra en la comercialización, debo decir que en esta plaza todo tiene su encanto.
Mientras fotografiaba, algunos coleccionistas y los propios pintores me avasallaron con preguntas sobre mi afición o mi profesión. Acabé soltando la verdad: “Universitaria de Periodismo sedienta de un buen reportaje”. Me sirvió, no creas, la experiencia y las escapadas nocturnas, vespertinas y viajeras me han enseñado que quién quiere conocer un mundo, debe adentrarse en él, hasta quemarse.
Historias y pintores donjuanes me cedieron un sitio aquella mañana, quién sabe por qué pero entre gigantes magnolios, estatuas de Murillos y olor a óleo me enamoré pese al dolor de cabeza y la carencia de horas de descanso.

Enamórate, las calles están pintadas y te sientes como una de las señoritas d’ Avignon, desnuda en un pequeño estudio, jugando a trazar bocanadas de humo en un lienzo.

1 Response so far »

  1. 1

    lasmanzanasdulces said,

    Impresionante


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