Cuando la realidad supera a la ficción


Hay ocasiones en las que el cine sirve para recordar historias que han marcado un hito. Aunque muchas veces, la realidad queda algo desvirtuada en favor del séptimo arte. Gran cantidad de películas distorsionan la realidad hasta el punto que no queda prácticamente nada de ella en el producto cinematográfico. Es el caso de la película Evasión o Victoria, protagonizada por Michael Caine, Sylvester Stallone (de quien se recuerda su “espectacular” actuación al detener el penalty más falso de la Historia), y algunos mitos del balompié mundial como Pelé o el argentino Osvaldo Ardiles. Esta película, lo único que tiene en común con la historia que la inspiró es el telón de fondo: la Segunda Guerra Mundial.

Corre el año 1942. Los nazis han invadido la URSS y han ocupado Kiev, la capital de Ucrania. Josif Kordik, dueño de la panadería número 3 de la capital ucrania, almuerza plácidamente en un restaurante, cuando en la acera de enfrente divisa a Nikolai Trusevich, portero del popular Dinamo de Kiev. La guerra ha obligado a disolver el equipo y sus jugadores se han dispersado. El gigante Trusevich, que acaba de salir de un campo de refugiados, deambula por las calles, hambriento y muerto de frío, sin tener un rumbo fijo.

Kordik, fan del Dinamo a la par que colaboracionista alemán, se acercó a Trusevich y le ofreció trabajo como barrendero. Pero su intención no era del todo pura. Haciendo gala de un gran sentido de la oportunidad, recluta en el patio de su panadería a una docena de los mejores jugadores de balompié local. Años después, Makar Goncharenko relató que se escondía “en casa de mi suegra. Nikolai me contó la idea y yo le ayudé a encontar al resto de los muchachos”. Los desesperados cracks reciben techo y alimento cuando su país estaba completamente en ruinas.

Simpatizantes comunistas, los futbolistas deciden que el color de su camiseta sea el rojo. Así nace el FC Start, una verdadera selección de Kiev, que caminaba, sin saberlo, de cabeza al matadero. “No tenemos armas, pero venceremos en la cancha a los fascistas bajo los colores de nuestra bandera” declara Trusevich antes de su primer partido, que jugaron con botas de trabajo, al carecer de dinero para comprar equipamiento deportivo adecuado.

Los nazis usaron el fútbol como un elemento de propaganda. Quisieron organizar el mundial de 1942, e incluso dos semanas antes de la caida de Berlín se seguían jugando partidos oficiales. El Rapid de Viena, de la anexada Austria figura como campeón alemán de la temporada de 1941. En los países ocupados se organizaban torneos para crear entre la población una falsa sensación de normalidad. Ucrania no podía ser menos. En 1942 se crea una extraña liga en la que participan seis equipos: cuatro representaban a los ejércitos del Eje, el Rukh (formado por colaboracionista alemanes) y el FC Start, que en el primer partido golearon a sus compatriotas por un contundente 7 – 2.

Pese al evidente riesgo que corrían, Kordik los había obligado a participar. Gracias a la caridad de sus compatriotas pudieron comprar equipo adecuado para practicar el deporte rey. Sin saberlo, el FC Start se había convertido en todo un símbolo de la resistencia ucraniana a la invasión nazi. La temporada continuó, y el FC Start siguió goleando sin piedad a sus rivales, hasta que el 6 de agosto se proclamó campeón tras humillar por 5-1 al Flakelf, el invencible combinado de la Luftwaffe. La propaganda nazi extendió sus alas para camuflar la humillación, informando con una escueta nota de prensa que “pese a lo abultado del marcador, ambos equipos fueron parejos”. Al día siquiente Kiev amaneció completamente empapelada por carteles que anunciaban una revancha, que habría de jugarse dos días después.

El 9 de agosto resultó un día caluroso, pese a lo cual el estadio Zenit estaba lleno hasta la bandera. En el palco, autoridades nazis; en los graderíos el pueblo ucraniano, custodiado por soldados nazis. El árbitro advirtió a los jugadores del Start que debían saludar a los rivales gritando ‘Heil Hitler’. En lugar de ello, los orgullosos furbolistas se golpearon el pecho y gritaron a la usanza comunista.

El primer tiempo del partido fue un desproposito arbitral. Los jugadores del Start fueron cosidos a patadas, e incluso el portero Trusevich estuvo varios minutos tendido inconsciente sobre el césped tras ser golpeado en la cabeza, circunstancia que aprovecharon los alemanes para abrir el marcador. Pese a todo, los ucranios se fueron al descanso venciendo por 3-1, gracias a los tantos del goleador Ivan Kuzmenko. En las gradas el público estaba enloquecido, e incluso el comandante Eberhardt era insultado por un verdadero coro popular.

En el descanso, un oficial nazi entró al vestuario del Start. “Deben comprender las consecuencias de sus actos”, les advirtió. Sin embargo el orgullo fue más fuerte y los rojos vencieron por 5 a 3. El árbitro suspendió el partido después de que Aleksei Klimenko, defensa ucraniano, regatease a medio equipo rival, llegó hasta la línea de gol y en vez de anotar volvió caminando con el balón al círculo central. La multitud enloqueció e incluso soldados húngaros y rumanos, aliados alemanes, participaron de revueltas en las afueras del estadio.

Extrañamente, el fin de semana siguiente el FC Start volvió a jugar y goleó por 8 a 0 al Rukh. Pero dos días después nueve de sus jugadores fueron detenidos por la Gestapo y acusados de sedición. El volante Nikolai Korotkykh fue ejecutado en el acto: su propia hermana lo había denunciado como espía ruso. Tras semanas de torturas el resto fue enviado al tenebroso campo de concentración de Siretz. Tras un ataque de partisanos ucranianos se ordenaron fusilamientos selectivos como medida de represión. Kuzmenko, Klimenko y el arquero Trusevich fueron ejecutados. Este último murió con su camiseta puesta gritando “el deporte rojo nunca morirá”. Sus cuerpos fueron lanzados a un barranco.

Sólo cuatro miembros del FC Start sobrevivieron hasta la liberación rusa. Lo que vino después fue absurdo. Autoridades estalinistas los acusaron de traición por confraternizar con el enemigo y sólo salvaron la vida jurando guardar silencio para siempre. Pero su leyenda crecía en Ucrania y en los años 60 salió a Monumento en memoria de los jugadores del FC Startla luz. La adornada historia oficial establecía que tras la victoria contra los nazis los once jugadores del equipo, aún uniformados, habían sido fusilados en un risco con los puños en alto. Esa versión fue recogida por el uruguayo Eduardo Galeano en su relato La Pelota como Bandera.

Tras la caída de la URSS se conoció la verdad. Makar Goncharenko era el único miembro del FC Start que aún vivía y por fin pudo hablar. Poco antes de fallecer en 1996 conversó con el periodista inglés Andy Dougan, autor del libro Dínamo: Defendiendo el honor de Kiev. El viejo lateral tenía la película muy clara y no se creía un héroe: “Mis amigos no murieron porque fueran grandes jugadores, murieron como tantos otros porque dos regímenes totalitarios se enfrentaron. Estábamos condenados a ser víctimas de una masacre a gran escala”.

En Ucrania, los jugadores del FC Start hoy son héroes patrios y su ejemplo de coraje se enseña en los colegios. En el estadio Zenit una placa reza “A los jugadores que murieron con la frente en alto ante el invasor nazi”. Y quienes conservan una entrada del partido más triste de la historia tienen asegurado de por vida la entrada gratis para animar al Dínamo de Kiev.

3 comentarios so far »

  1. 1

    lasmanzanasdulces said,

    Mira en esta página, tú decides si te interesa el sitio.
    http://www.ofertondelibros.com/libros+de+andy+dougan.html

  2. 2

    julio said,

    Me gustaria saber donde puedo comprar el libro de Andy dougan, Dynamo:defendiendo el honor de Kiev, ya que lo estoy buscando por todas partes y no lo encuentro.Gracias.

  3. 3

    ale87xerez said,

    ¡Conmovedor! Mañana mismo me pillo la peli


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