5 años sin ‘el Chaba’


GIRO DE ITALIACinco años sí, ya han pasado cinco largos años desde que un 6 de diciembre José María Jiménez “Chaba” hiciera mutis por el foro de esta perra vida, un paro cardíaco le obligara a poner pie a tierra y emprendiera el camino del último puerto. Él, acostumbrado a llenar portadas y portadas, que tantas tardes de gloria dio al ciclismo, legando subidas memorables y demarrajes que todavía quitan el sueño a la esposa de algún ganador de la Vuelta, ya lleva un lustro en el otro barrio, y aquí un servidor, uno de los últimos amantes del deporte de la carretera, no quiere dejar pasar esta fecha para rendirle uno de los homenajes más merecidos de los que se podrían dar.

Con el Chaba, no sólo se fue José María Jiménez, también se llevó un pedacito de corazón de aquellos que veíamos cada julio y septiembre, en La 2, a Pedro González narrar el devenir del Tour y la Vuelta, pero sobre todo nos arrancó cruelmente su genialidad, su imprevisibilidad, su fuerza y su descaro. “Mi hijo ha muerto como siempre vivió, al ataque y de repente”, comenta su madre. El Chaba mató el ciclismo, porque sin él es otra cosa, desde su muerte no se ha visto a nadie soltar de rueda tan fácilmente como él lo hacía. Olano, Roberto Heras, Escartín, todos sufrieron el matarile del abulense, que una vez que la carretera empinaba hacia arriba levantaba su menudo y esbelto cuerpo del sillín, meneaba el manillar para uno y otro lado y dejaba atrás a cuanto temerario quería salir detrás de él.

Se le consideró el sucesor de Indurain y aunque no alcanzó cotas tan altas, nadie como él ha logrado conmovernos, exaltarnos y hacernos disfrutar viendo una etapa, llenando un hueco que otros no alcanzaron a colmar. El propio ciclista navarro alababa su figura: “Cuando corría era diferente por su forma de correr, no iba con los tiempos de hoy. Era un corredor a la antigua: cuando iba muy bien iba excesivamente bien y cuando iba mal, es que iba muy mal”. Todavía debe acordarse el ganador en cinco ocasiones del Tour de Francia aquella vez, en el Tour del 97, que el Chaba desfondó a todo el pelotón cuando él le pidió que pusiera un poco de ritmo. El Chaba era Chaba, para lo bueno y para lo malo.

En su palmarés se entremezclan éxitos y fracasos a partes iguales, y aunque los días negros salpicaban su calendario, los días grandes nunca faltaron en sus casi 10 años como profesional. Capaz de ganar 3 etapas, cronoescalada incluida, y desaparecer la jornada decisiva, todos recordamos esa gran tarde en el Alto de Aitana con todo el equipo tirando para él y que se quedara en el penúltimo puerto. A sus espaldas quedan 9 triunfos de etapa, 4 victorias en el Premio de la Montaña y hasta 1 de la Regularidad de la Vuelta a España, un campeonato de España de fondo en carretera y 1 Volta a Cataluña, además de conseguir la victoria en la primera subida a la cima del Angliru, por lo que cada vez que la ronda española llegué allí tendremos que acordarnos de quién fue el primero en coronarla, en aquella tarde con niebla, lluvia, frío y viento. Allí, sin casi visibilidad, se pudo ver al mejor Chaba en la batalla de los tres escaladores, en la que sacó de rueda a Heras y Simoni para llegar solo, por delante de Tonkov, a la meta.

Llevaba a El Barraco por bandera, consiguiendo que gracias a él todos empezaramos a situar en el mapa esa pequeña localidad, fuente inagotable de talentos deportivos. Allí le llamaban ‘Chaba’, de chabacano, mote de su familia en el pueblo. Se lo pusieron a su abuelo Severiano cuando se instaló en la localidad abulense cansado de cuidar ovejas en el cercano pueblo de Navalgordo.

Pero él no era chabacano, como mucho individualista y quizá la mayor ración de amor propio se la aplicó a Abraham Olano, en aquella Vuelta del 98, el gran año de Jiménez en la ronda española, cuando logró cuatro victorias de etapa, lució el maillot amarillo cuatro días -pero qué cuatro días, con las dos grandes contrarrelojes incluidas, que pudo disputar vestido de amarillo de pies a cabeza-, y su segundo reinado consecutivo en la montaña. Ese año, el contrarrelojista -y poco más- vasco era el jefe de filas del Banesto, lo que a Jiménez le importaba bastante poco. Ambos ciclistas mantuvieron un pulso durante toda la Vuelta, si Jiménez ganaba la primera etapa de montaña, Olano le arrasaba en la contrarreloj de Alcudia; si Olano era líder, Jiménez se lo pasaba por el forro de los huevos y atacaba sin piedad en las Lagunas de Neila, cuando Olano más le necesitaba. Y entre medias Karmele -esposa de Olano-: “Conservamos el amarillo a pesar de que le dejaron solo”. “Lo que tiene que hacer es callarse”, le respondía el Chaba, entrando al trapo, como siempre. Corrió a su aire, según las sensaciones, como ese artista que necesita libertad total de acción para dar lo mejor de sí, ese al que no le pueden coartar la inspiración. Como lo hizo durante toda su carrera. A un artista no se le podía pedir que tirara de un burro.

El Curro Romero del ciclismo lo llamaban, no sin razón. Y es que el Chaba marcaba sus objetivos en función de que el recorrido se adaptara a él, pudiendo dar el 150% o sumirse en la penuria más absoluta. Él era así, todo o nada. El equilibrio y la regularidad nunca fueron amigos suyos y la imprevisibilidad siempre le acompañaba, podía ganar tres días y perder en cualquier momento.

Esa vuelta la tenía que ganar Olano, y la ganó. Jiménez acabó en en el tercer puesto, su único podio en una gran Vuelta, después de perder una ínfima ventaja de unos pocos segundos en la última contrarreloj de Fuenlabrada. “Tenían que darle más libertad”, reclamaban algunos; “debería atacar desde lejos y buscar el amarillo” decían otros. “Es difícil que pueda ganar la Vuelta, Olano lo tiene mejor”, comentaba a los medios su director de equipo Eusebio Unzué. Y era verdad, el Chaba sufrió aquel año su gran carencia, la contrarreloj, lo que le privó del triunfo en alguna edición de la Vuelta. El Chaba no sabía sufrir sólo, su problema contra el crono estaba en el coco. Su cuerpo era espectacular, era al ciclismo lo que Zidane al fútbol, elegancia por los cuatro costados, y sus prestaciones en este terreno podían haber sido igual de buenas que en la montaña, pero él no estaba hecho para funcionar como una máquina, lo hacía por inspiración, unos días sí y otros no.

Y como los grandes artistas, acabó sus días antes de tiempo, quizá para que así la leyenda se acrecentara. Después de un largo periodo de depresiones y despistes, en el que al llegar la Vuelta a España, su carrera de siempre, volvía a recaer, parecía que salía del bache, incluso llegó a casarse, pero su corazón le fallo, llevándose a uno de los mejores ciclistas que he conocido, culpable de mi afición por el ciclismo, y al que cada vez que recuerdo en un vídeo hace que se me salten las lágrimas y un sentimiento de escalofrío recorra mi cuerpo.

Para finalizar unas palabras de Javier Dorado: “Siempre quiso conquistar las más altas cimas, cada cual mayor. Cuando todo lo había coronado, no le quedaba nada más alto que el cielo. Él marcó una preciosa época en el ciclismo. Murió como menos le gustaba, a contrarreloj”.

3 comentarios so far »

  1. 1

    ale87xerez said,

    Y que lo digas, amigo, y que lo digas. Es muy difícil que nadie vuelve a hacer lo que el hacía con tanta facilidad. No creo que, en este ciclismo automatizado de hoy día, nadie tenga los arrestos suficientes para actuar según lo que le dicte su instinto. Sólo te digo una cosa, durante años la vuelta a España tuvo mucho más interés que el Tour para mi, y no cambio todas estas victorias en el Tour por una buena tarde de septiembre viendo al Chaba atacar camino de Ordino.

  2. 2

    Sara said,

    usando una doble identidad, q verguenza

  3. 3

    Mefistofeles said,

    Gracias por recordarnos a todos la figura del gran Chaba.
    Cúantas tardes de verano nos hizo levantarnos del sillón y vibrar, emocionarnos y sufrir, alegrarnos y decepcionarnos; todo a partes iguales. Pero así era José María Jiménez.
    Lstima que se le atragantara el puerto de la vida.
    El Chaba no está muerto,siempre estará vivo mientras recordemos lo que fue y lo que nos emocionó.


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