El reloj parado a las siete


Colaboración de Maribel Mateos:

Hola manzanitas:

Últimamente os he tenido un poco olvidados, no a la hora de saber de vosotros (porque os leo todos los días), pero sí a la hora de escribir.Quería dejaros por aquí un relato del escritor italiano Giovanni Papini, que se escribió en el año 1907 y que se titula El reloj parado a las siete. Yo lo conocí a través de Jorge Bucay, que lo rescató para su libro Déjame que te cuente; si queréis reflexionar sobre el devenir de esto que llamamos vida haceros con él. A disfrutar se ha dicho…

En una de las paredes de mi cuarto hay colgado un hermoso reloj antiguo que ya no funciona. Sus manecillas, detenidas casi desde siempre, señalan impertubables la misma hora: las siete en punto.

Casi siempre, el reloj es sólo un inútil adorno sobre una blanquecina y vacía pared. Sin embargo, hay dos momentos en el día, dos fugaces instantes, en que el viejo reloj parece resurgir de sus cenizas como un ave fénix. Cuando todos los relojes de la ciudad, en sus enloquecidos andares, y los cucús y los gongs de la máquina hacen soñar siete veces su repetido canto, el viejo reloj de mi habitación parece cobrar vida. Dos veces al día, por la mañana y por la noche, el reloj se siente en completa armonía con el resto del universo.

Si alguien mirara el reloj sólamente en esos dos momentos, diría que funciona a la perfección… Pero, pasado ese instante, cuando los demás relojes callan su canto y las manecillas continúan su monótono camino, mi viejo reloj pierde su paso y permanece fiel a aquella hora que alguna vez detuvo su andar.

Y yo amo ese reloj. Y cuanto más hablo de él, más lo amo, porque cada vez pienso que me parezco más a él. También yo estoy detenido en un tiempo. También yo me siento clavado e inmóvil. También yo soy, de alguna manera, un adorno inútil en una pared vacía. Pero disfruto también de momentos fugaces en los que, misteriosamente, llega mi hora. Durante ese tiempo siento que estoy vivo. Todo está claro y el mundo se vuelve maravilloso. Puedo crear, soñar,  volar, decir y sentir más cosas en esos instantes que en todo el resto del tiempo. Estas conjunciones armónicas se dan y se repiten una y otra vez, como una secuencia inexorable.

La primera vez que lo sentí, traté de aferrarme a ese instante creyendo que podría hacerlo durar para siempre. Pero no fue así. Como a mi amigo el reloj, a mí también se me escapa el tiempo de los demás. Pasados esos momentos, los demás relojes, que anidan en otros hombres, continúan su giro, y yo vuelvo a mi rutinaria muerte estática, a mi trabajo, a mis charlas de café, a mi aburrido andar que acostumbro a llamar vida.

Pero sé que la vida es otra cosa. Yo sé que la vida, la de verdad, es la suma de aquellos momentos que, aunque fugaces, nos permiten percibir la sintonía con el universo.

Casi todo el mundo, pobre, cree que vive. Sólo hay momentos de plenitud, y aquellos que no lo sepan e insistan en querer vivir para siempre, quedarán condenados al mundo gris y repetitivo andar de la cotidianidad.

Por eso te amo, viejo reloj, porque somos la misma cosa tú y yo.

carpe-diem

2 comentarios so far »

  1. 1

    cerote said,

    Bravo. Aunque te digo una cosa, yo sí quiero vivir para siempre, así tendré más facilidad para tener más instantes de esa plenitud.

  2. 2

    tonylovsky said,

    Me acuerdo cuando leí “Déjame que te cuente” que este cuento fue unos de los qu más me gustó, por lo identificado que me sentí con él. El libro es muy recomendable, muy fácil de leer y muy entretenido.


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