Tradiciones de nochevieja


Colaboración de Francisco Javier Martín Castejón:

Las aceptamos, las legamos, las mantenemos incluso con resignación, pero ¿sabemos realmente porqué?

Las doce uvas “de la suerte” (ya que al parecer vienen de las cepas mágicas del país de los sueños, en el mundo de las gominolas), no pueden faltar un 31 de Diciembre en cualquier cena en la que no se quiera mascar la tragedia. Admiten un sinfin de variedades; le puedes quitar la piel, las pepitas, ambas opciones o comertelas tal cual, eso sí, el requisito indispensable es que deben ser 12, y que sean las de la suerte. Pocos sabrán, que lo de comer uvas se remonta a poco más que cien años, cuando un excedente de producción de los vitivinicultores provocó que se le buscara una salida imperiosa al mercado. Adelantándose al marketing, y en una campaña de la que el propio Bassat estaría orgulloso, contemplaron la idea de rodear de misticismo y supertición el consumir uvas durante las campanadas, y hasta hoy.

Lo de celebrar año nuevo no es un invento de ahora. Se comenta que los babilonios (hace más de 4.000 años) ya festejaban este ciclo de translación de la tierra con 11 días de fiesta. Los egipcios, los romanos… Los chinos también llevan milenios celebrando esta fiesta, en la que se acostumbra a usar ropa interior amarilla para asegurar la felicidad y los buenos momentos, y si es regalada su efecto se potencia. Sin embargo, el usar ropa interior roja tiene varias vertientes, la más verosímil es la que procede de la Edad Media, donde se había relacionado el color rojo como el símbolo del demonio, la sangre y la brujería, por lo que llegó a prohibirse la plantación y consumo de productos rojos y vestirse con ropas del mismo color. En cambio, el rojo, era símbolo de vida en pleno invierno, por lo que la gente (normalmente de clase media y baja) creía llevar un símbolo de buena suerte al empezar el nuevo año, y al estar prohibido, optaron por llevarlo en la ropa interior, para que no estuviese a la vista.

Cualquier atmósfera irónica notada en el texto es fruto de la casualidad, aunque puestos a ser sinceros, soy el único de la familia que se prepara doce lacasitos (eso sí, procuro que sean lacasitos de la suerte) y deja sus slips y boxes rojos en el cajón de las mudas, como recuerdo de regalos navideños y recordatorios de nuestras tradiciones.

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