Asquerosos trozos de carne


sangre_soledad_distorsion_condicion_humana_bacon_londresEl fin de semana pasado me perdí por Madrid con varias intenciones. Mentiría si dijera que únicamente se trataba de asistir a la sensacional exposición que este año, el Museo Nacional del Prado ha propuesto como estrella del curso artístico, pero lo cierto es que uno de los fines era encontrarme con Francis Bacon.

La exposición lleva su nombre, sin más. Se divide en diez etapas de su vida artística: Animal, Zona, Aprensión, Crucifixión, Crisis, Archivo, Retrato, Memorial, Épico y Final. Y además, es fascinante.

Acompañada, me dispuse a admirar cuanto veía. Las salas estaban abarrotadas de mecenas, guiris enchanclados, artistas, familias con carrito, sin carrito, y algunos que como yo, admiraban cada una de las pinceladas del irlandés del horror.

62 obras saben a poco para ahondar en una vida pictórica cargada de fuerza, rabia y terror contenido en un hombre reprimido por su homosexualidad y llevado al desenfreno por esos miedos a la liberación sexual. Sin embargo, lo bohemio de sus días (alcohol, sexo y deshoras) se han mantenido hipertérritos en sus lienzos y fotografías apiladas, dejando boquiabiertos a los puritanos y a los galeristas que han observado como el valor de sus cuadros han alcanzado precios tan desorbitados como Van Goghs o Picassos.

En la colección hay mandíbulas afiladas, monstruos nacidos de guerras e incomprensiones, nazis camuflados en cuerpos putrefactos y bombardeados, papas en los que la pintura se desprende sin obligarse a responder preguntas obvias.

Entre trazos y anecdotas del pintor, me tropecé con otro artista, pero algo más melódico, un Joaquín Sabina vestido de negro, que se disculpaba por la torpeza de sus pasos y a los que una ilusa amante de sus letras, agradecía a ese infinito entramado del mundo que se manifiesta de vez en cuando, en casualidad. Me dispuse a admirar tras el sobresalto los trazos del descontento Francis, en los que se hallaban retratos de su amante George Dyer, animales diseccionados, cuerpos putrefactos, odas a una poesía sangrienta y abobinable que gritaba más que hablaba, rugía.

George Dyer era retratado como un ser patético y devastado, restringido a escenas de vacíos en los que se situaba su figura en posiciones fetales, escatológicas, ahogado en vómitos. Una unión entre hombres ardiente y llena de lujurias y pasiones que llevaron al suicidio de George mediante barbitúricos en el 1971. Las obras después de su muerte son apocalípticas y monotemistas, se basan en continuos homenajes obsesivos de quién se fue.

Otro de sus modelos fue John Edwards, su último amante, heredero de su fortuna. Los trazos se hacen más suaves, pierden la dureza y la expresividad de los cuadros dedicados a George,pero se observa una clara perfección en la técnica.

La exposición ha sido creada en Madrid debido a la muerte del artista en esta ciudad, producto de sus numeros viajes por la admiración y el placer que suponían artistas españoles como Velázquez o Goya, “Ya no queda nadie que pinte como ellos”, solía decir. Murió un 28 de abril de 1992 a la edad de 82 años a causa de una crisis cardíaca.

Margaret Thatcher bautizó sus cuadros como “asquerosos trozos de carne”. Asquerosa hipocresía de guerras sin sentido. Asquerosos trozos de una humanidad descompuesta. Asquerosas estampas de carne desangrada en las calles.Nunca un político estuvo tan cerca de la comprensión del artista, pese a la paradoja.

1 Response so far »

  1. 1

    JocSantos said,

    de la puta madre… ni mierda mas


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