William Faulkner: un sureño universal


William Faulkner, (la “u” no figuraba en un principio, la incorporó más tarde en un intento por recuperar la grafía original de su apellido), nació en New Albany en el estado sureño de Mississippi, (EE.UU.), aunque se crió en las inmediaciones de la ciudad de Oxford, hasta donde se trasladó su familia a principios del pasado siglo. Pertenecía a una familia tradicional y sudista, marcada por los recuerdos de la Guerra de Secesión, sobre todo por la figura de su bisabuelo, el coronel William Clark Falkner, personaje romántico y autor de una novela de éxito efímero, The White Rose of Memphis.

Nunca prestó demasiado interés por los estudios y en el año 1915 los dejó y empezó a trabajar en el banco de su abuelo. Durante la I Guerra Mundial ingresó como piloto de la R.A.F (Real Fuerza Aérea Británica). Cuando regresó a su ciudad, entró como veterano en la Universidad de Mississippi, aunque volvió a dejar los estudios: esta vez fue para dedicarse a escribir. Durante esa época realizó trabajos como pintor de techos y puertas, o cartero en la Universidad de Oxford (de donde lo echaron por su costumbre de leer la correspondencia antes de entregarla), y publicó su primer y único libro de poemas: The Marble Faun (1924).

A partir de 1921 Faulkner trabajó como periodista en Nueva Orleans y conoció al escritor de cuentos estadounidense Sherwood Anderson, que le ayudó a encontrar un editor para su primera novela, La paga de los soldados (1926).

A pesar de que su vida transcurrió en su mayor parte en el Sur, que le serviría de inspiración literaria casi inagotable, viajó bastante: conocía perfectamente ciudades como Los Ángeles, Nueva Orleans, Nueva York o Toronto y vivió casi cinco años en París, donde cabe destacar que no frecuentó los círculos literarios de la llamada Generación Perdida.

Fue a su regreso de París cuando comenzó a escribir una serie de novelas ambientadas en el condado ficticio de Yoknapatawpha (inspirado en el condado de Lafayette, Mississippi), donde transcurren gran parte de sus escritos, y del cual hace una descripción geográfica y traza un mapa en ¡Absalón, Absalon! (1936). Allí pone a vivir a 6.928 blancos y 9.313 negros, como pretexto para presentar personajes característicos del grupo sudista arruinado del cual era arquetipo su propia familia. “Tiendo a pensar que mi material, el Sur, no es muy importante para mí. Simplemente ocurre que lo conozco y no tengo tiempo en una vida para conocer otro y escribir al mismo tiempo. Aunque el que conozco es probablemente tan bueno como cualquier otro, la vida es un fenómeno pero no una novedad, la misma carrera de caballos hacia la nada, en todas partes el hombre hiede el mismo hedor no importa en qué época”. Sirvan sus palabras para explicar lo que pretendía: llegar a lo universal a través de lo regional.

La primera de estas novelas es Sartoris (1929), en la que identificó al coronel Sartoris con su propio bisabuelo, William Cuthbert Falkner, soldado, político, constructor ferroviario y escritor. Después aparece El ruido y la furia, que confirmó su madurez como escritor. De esta forma convirtió ese pequeño condado sureño en un escenario apócrifo donde explorar las virtudes y defectos de la sociedad, a la vez que experimentaba con las posibilidades de la novela modernista.

Su obra se caracteriza por esa estética rica, arriesgándose en el empleo de recursos expresivos innovadores heredados de la tradición romántica y realista. Su genio creativo es versátil, lo que le lleva a alternar en su carrera estilos muy diversos. El realismo, teñido de tintes naturalitas, lo podemos apreciar en obras como La paga de los soldados, Mosquitos o Banderas sobre el polvo. La técnica modernista caracteriza a El ruido y la furia, Mientras agonizo, ¡Absalón, Absalón! y Las palmeras salvajes.

Perseguía muy conscientemente el éxito literario, que no alcanzó, sin embargo, hasta la publicación de El ruido y la furia (1929), novela de marcado tono experimental, en que la anécdota es narrada por cuatro voces distintas, entre ellas la de un retrasado mental, siguiendo la técnica del «torrente de conciencia», es decir, la presentación directa de los pensamientos que aparecen en la mente antes de su estructuración racional. El experimentalismo de Faulkner siguió apareciendo en sus siguientes novelas: en ¡Absalón, Absalón! (1936), la estructura temporal del relato se convierte en laberíntica, al seguir el hilo de la conversación o del recuerdo, en lugar de la linealidad de la narración tradicional, mientras que Las palmeras salvajes (1939) (año en que ingresa en el National Institute of Arts and Letters ) es una novela única formada por dos novelas, con los capítulos intercalados, de modo que se establece entre ellas un juego de ecos e ironías nunca cerrado por sus lectores ni por los críticos. El mito presenta al autor como un escritor compulsivo, que trabajaba de noche y en largas sesiones, mito que cultivó él mismo y que encuentra su mejor reflejo en su personalísimo estilo, construido a partir de frases extensas y atropelladas, de gran barroquismo y potencia expresiva, que fue criticado en ocasiones por su carácter excesivo, pero a cuya fascinación es difícil sustraerse y que se impuso finalmente a los críticos.

Faulkner no teorizó acerca de sus innovaciones literarias, no ambicionó convertirse en teórico de su obra como hicieran otros autores como T. S. Eliot o Robert Frost por ejemplo. Él no cree en la mecánica impuesta a la creación, es más partidario del método ensayo-error a la hora de aprender a escribir, de esta forma uno irá modelando su propio estilo.

No obstante contó con referentes, cabe destacar la admiración que sentía por Joyce: “Uno debe aproximarse al Ulises de Joyce como un ignorante predicador baptista lo hace al Antiguo Testamento, con fe”. En París llegó a frecuentar el mismo café que el escritor de origen irlandés, pero era tanto el respeto y su timidez que ni siquiera llegó a dirigirle la palabra. La obra en la que se aprecia más la influencia de Joyce es El ruido y la furia, en la que explora los caminos del monólogo interior. La publica a pesar de que pensaba que carecía de interés.

Campbell y Foster establecen cuáles son los temas predominantes en la obra de William Faulkner:

-La tradición del Sur, tierra a la que estaba profundamente apegado.

-El caos contemporáneo, y el futuro del hombre. Las difíciles condiciones de vida de las gentes de ese Sur, acabó por hacerse preguntas sobre la condición humana y el devenir del mundo.

En una entrevista confesaba no leer a sus contemporáneos: “Los libros que leo son los que conocí y amé cuando era joven y a los que vuelvo como se vuelve a los viejos amigos: El Antiguo Testamento, Dickens, Conrad, Cervantes… leo el Quijote todos los años, como algunas personas leen la Biblia. Flaubert, Balzac -éste último creó un mundo propio intacto, una corriente sanguínea que fluye a lo largo de veinte libros-, Dostoyevski, Tolstoi, Shakespeare. Leo a Melville ocasionalmente y entre los poetas a Marlowe, Campion, Jonson, Herrik, Donne, Keats y Shelley. Todavía leo a Housman. He leído estos libros tantas veces que no siempre empiezo en la primera página para seguir leyendo hasta el final. Sólo leo una escena, o algo sobre un personaje, del mismo modo que uno se encuentra con un amigo y conversa con él durante unos minutos.

Desde el punto de vista de técnica narrativa, Faulkner es heredero de las estrategias forjadas por William James, Sigmund Freud, James Joyce y Virginia Woolf. Joyce intentó registrar “lo que un hombre dice, ve, piensa y lo que ese mirar, pensar, decir, causa en lo que ustedes los freudianos llaman el subconsciente”. Y Virginia Woolf propuso: “Registremos los átomos según caen en la mente en el orden en que caen, reconstruyamos el modelo, sin importar lo desconectado e incoherente en apariencia, que cada visión o incidente marca en la conciencia”.

El resultado de todo esta amalgama es lo que se ha llamado “el fluir de la conciencia” al decir de William James “una corriente, una sucesión de estados, u ondas, o campos (o como se les quiera llamar), de conocimiento, de sentimiento, de deseo, de deliberación, que constantemente pasan y repasan y que constituyen nuestra vida interior”. La expresión de todo esto cristaliza en literatura en el llamado “monólogo interior” que es un discurso del personaje puesto en escena y tiene por objeto introducirnos directamente en la vida interior de ese personaje, sin que el autor intervenga en las explicaciones y los comentarios y, como todo monólogo, es un discurso sin auditorio, que a su vez, es un discurso no pronunciado.

A pesar de haber conseguido el reconocimiento en vida, e incluso relativamente joven, Faulkner vivió muchos años sumido en un alcoholismo destructivo. La publicación, en 1950, de sus Narraciones completas, unida al Premio Nobel que recibió ese mismo año, le dio el espaldarazo definitivo que necesitaba para ser aceptado, en su propio país, como el gran escritor que era. Acudió personalmente a recoger el premio de la academia sueca y pronunció un discurso que si bien no fue entendido por los oyentes debido a lo bajo de su tono y la rapidez de sus palabras, una vez publicado, fue aplaudido por público y crítica.

En él hacía referencia al miedo que generaba la Guerra Fría entre las personas de la época. “El joven o la joven o la mujer que escribe hoy olvida los problemas del corazón del hombre en conflicto consigo mismo que es el único medio de crear buena literatura porque sólo eso merece la pena ser objeto de la literatura, sólo eso merece la agonía y el dolor”. Para él el artista debe aprender las “viejas verdades universales…amor, compasión y orgullo…”; el discurso termina con una aseveración positiva sobre la figura del ser humano: “Es inmortal, no porque él de entre todas las criaturas tenga una voz inextinguible, sino porque tiene un alma, un espíritu capaz de compasión y sacrificio y resistencia. El deber del poeta, del escritor, es escribir sobre estos temas”. Este discurso es una semblanza de su pensamiento y un reflejo de sus inquietudes.

A raíz de ser galardonado con el Nobel, su existencia cambió: recibió numerosos honores, escribió guiones de cine para productoras cinematográficas de Hollywood (trabajo que aceptaba principalmente por motivos económicos, dado su elevado ritmo de gasto) y se convirtió, en suma, en un hombre público, e incluso fue nombrado embajador itinerante por el presidente Eisenhower.

Los últimos años de su vida, que transcurrieron entre conferencias, colaboraciones con el director de cine Howard Hawks, viajes, relaciones sentimentales efímeras y curas de desintoxicación, dan la impresión de una angustia creciente y nunca resuelta. «No se escapa al Sur, uno no se cura de su pasado», dice uno de los personajes de El ruido y la furia, y, en efecto, el escenario de la mayoría de sus novelas, es el imaginario condado sureño de Yoknapatawpha, cuyas connotaciones y poder simbólico le confieren un aura casi bíblica.

En este sentido, la obra de Faulkner debe ser contemplada como un todo, en la medida en que toda ella se halla marcada por esta voluntad de recrear la vida del sur de Estados Unidos. No obstante, este localismo que caracteriza a sus obras no es óbice para que esos personajes que habitan un tiempo y un lugar determinados, con sus propias obsesiones, sean un reflejo de un sentir universal.

El 17 de junio de 1962 sufrió un accidente a caballo que resultaría fatal, ya que pocos días después, el 5 de julio, fallecería. Ese mismo año recibió a título póstumo su segundo premio Pullitzer por The Reivers.

4 comentarios so far »

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    Es en momentos de crisis cuando se agudiza el ingenio. Toda la época dorada de la letras españolas vino rodeada la ruina económica de aquel basto Imperio. Por lo demás, estoy de acuerdo contigo, porque aunque Faulkner y Baroja tuvieran formas diferentes de afrontar la literatura y la vida, la esencia del desengaño está ahí.

  4. 4

    ale87xerez said,

    Esta literatura del sur de Estados Unidos, parece asemejarse en cierto modo al pesimismo moral, político y social de la Generación del 98 española. Por ello lo del sentir universal parece bastante recurrente en las distintas generaciones de escritores. Igual que se habla de Faulkner, eso mismo podríamos estarlo diciendo de Pío Baroja.


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