Madrugá


Pocos momentos existen en Sevilla tan especiales como la madrugada del Jueves al Viernes Santo. Sevilla entera se lanza a la calle, sin importar que esa noche no se duerma. Merece la pena ataviarse con ropa cómoda y algo de abrigo, y callejear en busca del momento preciso, la callejuela indicada para disfrutar de algo que es irrepetible: la Madrugá sevillana.

Comenzamos la noche en el límite de la antigua muralla, en la puerta que daba al norte. La salida de la Hermandad de la Macarena es uno de esos momentos que hay que ver, al menos una vez en la vida. Aunque la salida se produce alrededor de las doce y media, hay que estar allí un poco antes si se quiere coger un buen sitio. Luego de una espera, que se antoja eterna, el bullicio se acalla y se abre la Basílica. Sale la cruz de guía, y tras ella un interminable reguero de nazarenos, hasta que suenan las cornetas de la Centuria Macarena, y Pilatos condena a muerte a Jesús. Tras una saeta, pasa por el arco, en una de esas revirás imposibles, que sólo se ven en Sevilla. De nuevo, un reguero de nazarenos, y una espera que se hace aún más interminable por verla a Ella, la Esperanza Macarena se asoma de su Basílica, mientras la multitud sólo puede decir una cosa: guapa, guapa y guapa. Qué razón tenía Pascual González cuando escribió en Sevilla Reza Cantando, aquello de “no hay palabras que describan los ojos de se belleza. Nadie se explica la causa de que tan sólo con verla, hasta el aire se enmudece, sin corazones nos deja. Se los lleva paseando sin darnos cuenta siquiera al barrio que tiene el nombre, de su nombre, Macarena”.

Son aproximadamente las dos y media de la madrugada, y la próxima parada de nuestro itinerario es cerca de la Catedral, en una de esas callejas perdidas del centro de Sevilla. Casi pasando desapercibido, un negro cortejo recorre las calles, en una actitud sobria y disciplinada. La Hermandad del Silencio pasa lentamente frente a nosotros, que no nos atrevemos casi ni a respirar, por no pertubar el respetuoso ambiente. Casi sin darnos cuenta, un Cristo Nazareno va apareciendo en la lejanía, en completo silencio, casi sin hacer ruido. La cruz de carey mira hacia el cielo y Jesús camina lentamente, y en copleta quietud hacia el Gólgota, y tal como llegó a donde nos encontramos, se va, casi sin que podamos percatarnos. Al igual que su hijo, María Santísima de la Concepción se presenta ante nosotros, con imresionante palio, realizado completamente en plata.

De ahí nos trasladamos a la calle Reyes Católicos. Son las tres y media, y la Iglesia del Calvario abre sus puertas, para dejarnos ver al único Crucificado de la madrugá. Jesús ha muerto, y el ambiente que se respira es del más absoluto respeto, y así se lo hacemos saber a María Santísima de la Presentación, que llora tras su hijo muerto en la Cruz.

Y mientras, Triana entera ya ha atravesado el Puente, y están en Sevilla, para acudir a nuestro encuentro. Jesús se cae al suelo por tercera vez, mientras un romano a caballo lo mira con desprecio, a la par que Sevilla entera lo aclama. Porque anda como no anda nadie, como sólo andan los buenos pasos pasos trianeros, con ese izquierdo tan característico, y ese paso atrás que hace inconfundible a la Semana Santa trianera. Y detrás, caminando acompañada por miles de fieles, la Esperanza marinera, la Esperanza morena, la Esperanza de Triana.

¡Qué absurda competición mantienen algunos ignorantes! “Que si la Macarena es la Señora de Sevilla”. “Que si la Trianera es la aunténtica Señora”. No caigamos en vanalidades… son la misma. Qué belleza desprenden a su paso ambas imágenes. No se puede comparar a nada en el mundo. ¡Qué vivan mis dos Esperanzas!

Nos vamos a la Plaza del Museo. Ahí veremos pasar al Señor de Sevilla. El Gran Poder Nazareno. Qué sobriedad, qué perfección. Juan de Mesa, maestro de maestros imagineros, nunca pudo imaginar que había creado la obra más perfecta de nuestra Semana Grande. Y va caminando, completamente en Silencio, de vuelta a San Lorenzo, acompañado de María Santísima del Mayor Dolor y Traspaso.

Ya asoman los primeros rayos del día, y sólo nos queda por ver una Hermandad. Jesús se hace gitano para recordarnos que no hay diferencias entre nosotros, y entre palmas y bulerías, busca volver al templo de San Román. Tenemos tiempo para verlo, para recrearnos con su arte y el de su pueblo. Alfalfa, Cristo de Burgos, Palacio de las Dueñas… una infidad de sitios en los que verlo, hasta que a las dos de la tarde, enfila su Iglesia, y el arte gitano llega a su culmen cuando Nuestra Señora de las Angustias se despide de Sevilla hasta el año siguiente. La noche más bella de Sevilla llega a su fin. Nos sentimos cansados, pero sin duda, es una noche que merece la pena vivir.

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