El legado de la estética


“Nadie te recordará, perdedor, cuando los que te conocimos estemos muertos”.

La Historia está escrita por y para los triunfadores. Los derrotados son apartados del devenir del tiempo por los acólitos de la corona de laurel, religión que no ha dejado de ganar adeptos hasta el día de hoy.

Los rincones de la Historia del Balompié están poblados por miles de fantasmas que permanecen en el limbo a la espera de un juicio, que en muchos casos, no llegará nunca.

El fin de la Segunda Guerra Mundial dejó Europa dividida en dos grandes bloques: uno capitalista y otro comunista. “Un telón de acero ha caído sobre el continente”, dijo Churchill. En el segundo de esos bloques quedó incluido Hungría bajo el férreo brazo de Stalin.

Los años 50 fueron años de tensiones en el interior de Hungría. Tensiones para liberarse de esa presión y poder buscar una vía propia al comunismo. Todo concluyó con las revueltas del 56 y con los tanques rusos por las calles de Budapest.

En esos años un equipo de fútbol asombraba a todos con su “cuadrado mágico”, su juego ágil, de ritmo y toque. Eran la sensación, los precursores de algo que con cierto parecido se bautizó en los 70 como “fútbol total”. Antes de la Holanda de Michels estuvieron los Kubala, Kocsis, Czibor y compañía. Tras la medalla olímpica de 1952 y la aplastante victoria al año siquiente, ni más ni menos que en Wembley, frente a Inglaterra, el mundial de Suiza de 1954 los debía consagrar, pero se toparon con la Alemanía de Herberger, con el “milagro de Berna”.

Los acontecimientos políticos y sociales de la Hungría comunista hicieron que aquel lingote de oro, de oro futbolístico, quedara diseminado por el “Viejo continente”. Varios componentes del equipo abandonaron el país, y con ello, la selección. Hubo intentos de reconstruirlo entre los “emigrados”, pero al final quedó en nada.

Lo que dejaron fue un postulado estético, una manera de jugar que calaría en otros, y que con las modificaciones propias de los tiempos, se mantiene hasta nuestros días.

Veinte años después del milagro para unos, maldición para otros, la apuesta por la estética se chocaba por segunda vez con el muro alemán.

En esta ocasión el contexto social y político en el que renace es distinto, aunque los fines de la propuesta sean similares. Quizás porque el fútbol no conoce fronteras ideológicas.

Los 70 son años aún de rebeldía juvenil, los ecos de finales de los 60 permanecen vivos. Las faldas cortas y los flequillos largos. Grupos contestatarios surgen por toda la Europa capitalista hastiados del sistema.

En esos años de protestas renace la estética por obra y gracia de algunos holandeses. Rinus Michels desde el banquillo dirigía con maestría una orquesta bien afinada, con solistas de excepción como el gran Johan Cruyff, u el otro Johan, Neeskens. Especial relevancia cobrará más adelante el primero de ellos.

Pero otra vez, caprichos del Destino, las derrotas los apartan de ocupar un lugar con letras de oro en la Historia.

El veneno de la estética caló en muchos de aquellos melenudos holandeses, entre ellos Johan Cruyff. Su concepción de un fútbol de toque y movimiento, de tener la pelota como premisa, y el talento como arma, fue puesto en práctica primero en su Ajax y luego en su Barça.

En 1988 llegó a España como entrenador, y desde ese momento el F.C. Barcelona no sería lo mismo, y aunque entonces nadie podría apostar por ello, el fútbol español iniciaba un camino sin retorno al éxito por la vía de la estética.

Cruyff cambió la manera de pensar de los culés, los convirtió en ganadores. La apuesta iba más allá del primer equipo. Desde ese momento, desde los alevines hasta los profesionales eran participes de la estética. El Barcelona se convirtió en pocos años en un referente en España y en Europa por su manera de jugar. Aficionados de todos los rincones disfrutaban de aquel espectáculo aunque no fueran seguidores blaugranas.

Poco a poco iban apareciendo en los medios dos palabras que serán fundamentales en los éxitos recientes de la selección española: la Masía. Amor, Guardiola, Roger, De la Peña; y un largo etcétera de nombres salidos de esa factoría, aparecían en las alineaciones del primer equipo.

La semilla estaba plantada, y poco a poco se iba mejorando la cosecha. A esa primera generación la ha seguido otra de mayor enjundia: Xavi, Iniesta, Puyol, Piqué, etcétera. Procedentes de distintos lugares de España han ido llegando niños que se han hecho hombres en la Masía.

En otros lugares se ha trabajado en la misma línea, entorno a la pelota, a su posesión, entorno a la estética del toque. El veneno que aquel holandés al que algunos miraban como si estuviera loco, “¿cómo se va a jugar sin delantero centro?”, impregnaba ya a todo un país. Aparecen los Silva, Xavi Alonso, Mata.

A través del método de ensayo y error, un viejo entrenador llamado Luis. y apellidado Aragonés. importó la estética del toque, conocida popularmente por tiqui taca, a la selección española de fútbol.

La venganza de los herederos del fútbol total llegó en el verano de 2008. España derrotaba a Alemania, y en su casa, en la Eurocopa que coronó a la “Roja” como el mejor equipo del continente.

El nieto honraba la memoria de sus antepasados.

Pero el éxito de la estética va más allá de un simple campeonato. La Alemania de Klinsmann dio los primeros pasos hacia ella, y la de Lowe ha confirmado esa apuesta. Los herederos de la estética son ahora el modelo a imitar. El Mundial de Sudáfrica ha sido la ocasión para poner a prueba el modelo, pero esta vez no hubo milagros y el toque español fue insuperable.

La final del presente mundial volverá a tener presente a la estética, y este año, me da que al fin va a lograr una Copa del Mundo. Lo contrario sería una sorpresa demasiado grande. Porque estos neerlandeses no son dignos sucesores de sus padres. Ahora ellos son otra cosa, han abandonado al balón, lo han entregado, regalado, vilipendiado; sólo una eficiencia más propia de los alemanes los ha mantenido con vida. Pero hasta ahora ningún rival de esos a los que han entregado el balón ha sabido qué hacer con él. Ni siquiera Brasil, que hace años que olvidó el “jogo bonito”.

Ahora la pelota va a estar en los pies de Xavi, Iniesta, Alonso y compañía, y eso son palabras mayores.

Si gana la estética no sólo habrá ganado España, sino también otros que apostaron por lo mismo y no lo consiguieron. Si Iker Casillas levanta la Copa, también lo hará Kubala, Kocsis y por supuesto Johan Cruyff.

Si gana España lo habrá hecho jugando al fútbol de la mejor manera que se puede hacer, si ganamos el Mundial, pasaremos a la Historia por la puerta grande.

Lo que ya no le pueden quitar a la Selección Española de Fútbol es el mérito de haber impuesto un estilo, de haber mejorado algo, de haber hecho de la estética húngara y holandesa, algo mejor y más completo, la estética del toque.

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